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Yo tengo dos casas… Una de verano y otra de invierno.
La de invierno aún la visito alguna vez… Ahí habitan mi silencio, mis dudas, mis miedos, mi soledad, mis pesares, mis días malos…
Voy de vez en cuando… No me gusta estar ahí demasiado tiempo.
Es una casa con poca luz, a veces incluso oscura… No me gusta manchar demasiado el suelo de mi casa de invierno; por ello, al entrar, siempre dejo fuera los zapatos…
Hace años esa casa fue mi morada permanente. Ahí vivía acompañada, pero sola.
La casa estaba siempre desorganizada, no había apenas luz ni claridad… Cuando intentaba limpiar un poco los cristales para que entrase claridad, venía la lluvia, la tormenta, y otra vez se iba la luz. La casa parecía querer estar siempre en la oscuridad y en el caos.
Pasaron los años y yo empecé a abandonar la limpieza de la casa. Me sentía cansada de limpiar una y otra y otra vez para que se acabase ensuciando… El peso de llevar la limpieza de esa casa era solamente mío. Si hacía una limpieza superficial para verla un poco bonita, la otra persona con la que convivía desordenaba, provocando en mí la extraña sensación de que mi esfuerzo era inútil. Si intentaba hacer una limpieza más profunda, era imposible. Siempre acababa peor de lo que estaba. Volaban cacharros por el aire, se tiraban y se rompían estanterías y, cuando me daba cuenta, la casa acababa hecha un caos.
Después siempre me tocaba a mí recogerlo.
Volvía a colocar todo… Me costaba trabajo y mucho esfuerzo, pero lo seguía haciendo muy a mi pesar.
Los años fueron pasando y la casa seguía igual, sin pintar, con las paredes cada día más sucias y agrietadas —algunas grietas, incluso, grandes— y por el tejado ya empezaban a caer goteras…
En esa casa no se encendía nunca la estufa… Hacía siempre frío, mucho frío.
Un día, cansada de tanto frío y de tanto limpiar, tomé una decisión: abandonaría la casa. Y así fue.
Al principio echaba de menos esa casa. Había sido mi hogar tantos años que, incluso siendo fría, destartalada y casi sin tejado, quería volver a ella… Cuando pensaba en volver, me acordaba del caos, el desorden y todo lo malo que había acontecido en ella… Entonces reculaba.
Me sentaba en el porche de mi casa de verano y observaba el paisaje. Era bonita, se escuchaban los pájaros, tenía mucha luz y algo especial que la hacía bastante más acogedora.
El tiempo fue pasando y la nueva casa era cada día más bonita… Pinté las paredes de colores, le puse unas ventanas enormes para que entrara luz y para poder ver el «mundo» a través de ellas.
En esta nueva casa tampoco vivía yo sola, no… Estaba acompañada de personas que me quieren y a las que adoro.
Estas personas me ayudaban a mantener en orden mi nueva casa. Si por algún motivo la casa perdía el «ritmo», entre todos volvíamos a colocar cada cosa en su sitio sin ningún problema. Era muy fácil mantener el orden en esta nueva casa.
Ya no había paredes viejas…
Ni frío…
Ni techos que arreglar…
Me gustó tanto mi nueva casa que decidí quedarme a vivir en ella.
A veces aún visito mi casa de invierno.
Siempre voy sola.
Al entrar enciendo las luces; ahora me gusta ver dónde piso… Si hace demasiado frío, pongo la chimenea y así noto un poco de calidez…
Me suelo sentar, acurrucarme un ratito y después ordeno la casa. Coloco objetos en su debido lugar y limpio bien las ventanas para que entre algo más de claridad…
En esa casa no hay horario ni reloj: solo yo…
Con mis propios tiempos, mis propias reglas y mis propios pensamientos…
No la habito mucho tiempo, no… Como mucho, un día.
Cuando salgo, apago bien las ascuas y las luces que me guían hasta la puerta, vuelvo a calzar mis zapatos y regreso a mi morada habitual…
Esos pequeños viajes me aclaran la mente, me aligeran y me recomponen el alma.
Vuelvo a mi casa de verano.
Es una casa pequeña, pero llena de luz.
En ella habito de forma distinta… Soy más yo…
Trabajo, cuido, ando descalza porque sí, canto o bailo según me apetezca y también escribo, mucho…
En esta casa se puede decir que soy feliz. Siempre hay luz, flores, personas a las que quiero y mucho color y calor…
Ambas son de mi propiedad y, a pesar de ser distintas, no pienso vender ni alquilar ninguna.
¿Por qué?
Porque me costó mucho conseguirlas y porque ambas me hacen falta para ser quien soy…